
Más que un barrio comercial, mucho más que unas fachadas, los Chartrons son una civilización en sí misma.
Apodado «la pequeña Europa», este arrabal de la ciudad acogió a numerosas nacionalidades, convirtiéndose así en el laboratorio de nuevas técnicas de vinificación y, con ello, en la cuna del «New French Claret».



